Mis sueños profesionales frustrados (II): la literatura.
La afición de escribir la adquirí con el tiempo. Siempre me ha gustado mucho leer. Recuerdo, cuando aún no sabía, coger libros de la estantería y abrirlos para pasar sus páginas sin ninguna finalidad concreta. Ahora esos libros son mucho más viejos que entonces (que ya tenían su edad). Por no tirar los que se hacían pedazos, porque había clásicos geniales, los forré hace algún tiempo con papel de embalar y ahora están en mi cuarto. He guardado hasta una Biblia que tiene más de 30 años y apenas conserva una hoja en su sitio. Mientras los forraba, me venían a la memoria recuerdos de aquello y unas imágenes muy fugaces de las tapas de los libros.
Con ese afán de pasar páginas sin mucho fundamento, aprendí a leer y a escribir, aunque esta época es confusa. Recuerdo cuando nos enseñaban las letras, las sílabas y los sonidos. Recuerdo aprender a hacer las letras en las cartillas. Recuerdo, más adelante, leer el primer libro.
Siempre he leído mucho desde entonces. Y siempre recordaré con cariño el método infalible de la profesora de la EGB para que los críos leyesen en el colegio: cada tarde de viernes nos traía torres y torres de libros de la biblioteca del centro para que escogiésemos la lectura de la semana. No nos obligaba a leer (eso era lo bueno), pero sí facilitaba mucho que en nosotros se despertara o se mantuviera el interés. Nos acercaba tanto a la literatura que era imposible no tocarla.
Fue en la pubertad cuando empecé a escribir. Primero los típicos diarios: abarroté páginas y páginas de chiquilladas; más adelante ya eran pensamientos. Incluso intenté escribir un libro del que ya llevaba más de cien hojas cuando lo abandoné. Las notas en lenguaje y literatura fueron siempre bastante altas, aunque hasta los últimos cursos de la básica no comencé a sobresalir.
Mientras, leía mucho. A veces una literatura no muy adecuada para mi edad ("El perfume", de Süskind; "La metamorfosis", de Kafka; "Fausto", de Goethe; etc.), pero la lectura "apropiada" era, muchas veces, una memez. Me aficioné también a la novela actual y me gastaba casi toda la propina en las ediciones de bolsillo del quiosco.
Y, como siempre, la losa de los adultos: "¿Niña, qué quieres ser de mayor?". "Escritora". Y la risa estúpida ante mi respuesta. "Pero si eso no tiene futuro, ¿de qué vas a vivir? ¿De qué vas a comer?". Manda huevos. Cuando quería ser pintora había escuchado las mismas sandeces de las mismas bocazas. No sé por qué no me marché de casa a lo Pipi Langstrum.
Me adentré también en la poesía, aunque con poca fortuna. Reconozco que entre el verso y yo existe una relación que no alcanza cotas de amor-odio (todavía), aunque de camino va, pues unas veces se deja atrapar, pero otras es de lo más escurridizo y eso me desquicia un poco (¿por qué la inspiración no puede ser más constante?).
Durante el primer año del instituto, ya en la ESO, estaba completamente segura de que lo mío eran las letras. Por una vez, estaba dispuesta a ignorar los comentarios adultos, por mucho empeño que pusieran en ahogar mis intenciones. De ciencias no quería ni oír hablar, me resultaban de lo más complejo y de lo más inadecuado para mí. De todas las ciencias, sólo me interesaba la Biología (éste será el tema de mi próximo artículo sobre mis sueños profesionales frustrados), y ese interés era creciente en mí casi sin enterarme.
El segundo año de instituto escogí una rama mixta porque ya entonces mis inclinaciones profesionales dejaron de estar claras. Me interesaba muchísimo seguir escribiendo, escribir bien, pero la biología me atraía con fuerza. Y los adultos seguían formulando la misma pregunta una y otra vez: "¿A qué quieres dedicarte en el futuro, chica?". "Me gustaría escribir". A pesar de encontrarme ya en la adolescencia, mi respuesta seguía suscitando sonrisas estúpidas: "Pero chica, para ser alguien escribiendo tienes que ser muy buena, sólo los mejores pueden vivir de ello". "Entonces, ¿cuál es el problema?". Oh, vanidad adolescente. Estaba harta del "sólo los mejores pueden hacer esto, sólo los mejores pueden hacer lo otro...". Ahora en la carrera me doy cuenta de que pensar así es no tener ni puta idea de cómo va esto: si eres buen@ podrás elegir, independientemente de hacia dónde encamines tu futuro; pero eso no significa que no puedas vivir dignamente de ello si no eres el mejor.
Estudiar una carrera no es firmar un contrato por un empleo estable y bien remunerado tras el título (eso para quien elija una ingeniería en detrimento de sus verdaderos intereses), pero tampoco es firmarlo por ser un parado permanente (eso para quien prefiera sus intereses a los de los que opinan y juzgan sin saber).
Estoy perdiendo el hilo del tema principal: ¿por qué decidí que mi intención de ser escritora se convirtiera en un sueño más? Lo hice por la ciencia. Porque, tal y como pensé sobre el talento artístico, la habilidad de escribir siempre estará ahí. Las letras siempre serán accesibles, pero las ciencias no. Las ciencias requieren de sofisticados conocimientos y son incomprensibles incluso entre ellas, no pueden abrazarse desde fuera.
Y yo sigo escribiendo. Ya sólo es una afición y estoy muy lejos de dominar el asunto. Escribo como escribe cualquiera, sin más arte ni más acierto. Y desde que estudio Geología noto los dedos más holgazanes, por eso, en parte, inicié este blog.
Al final, me conformo con presentar mis escritos en concursillos asequibles de relatos o de poemas, sin apenas éxito. Guardo en una caja de zapatos todas las cartas de agradecimiento por mi participación, desde el primer certamen hasta el penúltimo (el último lo gané, y qué alegría).
Y así, otro sueño frustrado, esta vez por cumplir otro que también naufragó.


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Bohemiam dijo
Anita, ese sueño también es el mío, aunque yo jamás dije que me dedicaría a escribir, quizás porque sabía lo que me dirían: eso no tiene futuro. El caso es que yo aún tengo ilusiones y esperanzas. Y sigo escribiendo, a veces mejor, otras bastante peor, pero lo importante es no rendirse. Nunca se sabe. Además,lo más bonito de un escritor es que alguien lea tus escritos y que le gusten. Con que solo una persona te diga que le encanta ese relato que has escrito ya es suficiente para no rendirse jamás. Ya sabes, la suerte está a la vuelta de la esquina...
Un saludo.
14 Agosto 2006 | 01:55 PM